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El Maullido

El Maullido




      Un ligero sonido llamó la atención del intendente, era imperceptible, casi inaudible, pero el intendente, se jactaba de tener una sensibilidad extrema en su oídos, decía que podía oír el murmullo del viento antes de que llegara a mover las hojas de los árboles cuando estaba en el parque, a veces exageraba.
Él todas las mañanas daba un recorrido por las instalaciones de las edificación, observando como siempre la estructura, el alumbrado, grietas y frisos. Estaba pendiente porque fue notificado sobre una invasión de ratas, que hacían de las suyas en el sótano, estacionamientos y parte de los edificios.

El sonido continuaba, el se irguió un poco al oír el pequeño ruido, era como un murmullo apagado, como el quejido de un pequeño gato. Era, como pensándolo mejor, un pequeño maullido entrecortado, muy, muy apagado.
Se alegró un poco pensando en gatos. Si había cría de ellos, sería muy bueno, ya que ahuyentaría a las ratas. Todo esto divagaba el intendente, caminando entre los escombros dejado por los albañiles el día anterior. Pensaba también, en dar nota sobre ésta situación y enviar un memorando a los subalternos para que tuviesen más cuidado con los desechos.
Siguió supervisando los sótanos y regresó a donde había escuchado el primer ruido imperceptible. Algo lo tenía intranquilo.
En un rincón se encontraba las bolsas de basura, los desperdicios de casi una semana, el de los inquilinos y de las oficinas, había muchas bolsas negras, los camiones habían fallado en su recorrido y era igual en casi en toda la ciudad, que como siempre mostraba un aspecto deplorable cuando la basura no era recogida a tiempo.

El sonido era más agudo, lo oía con gran nitidez, pero siempre muy apagado, el obstinadamente miraba a todas partes a ver si veía al misterioso animal.
Caminaba y pensaba en voz alta. “Estará por allí escondido, alimentándose de algún ratón cazado hábilmente ¡Bah! No debo preocuparme”.
Sacudió la cabeza tratando de ahuyentar sus pensamientos.
Siguió investigando y se dirigió a la parte más obscura. “Porqué estará tan oscuro”. Se preguntaba. “Será falta de bombillos, o se han robado el cableado como lo han hecho en otras ocasiones”. Alumbró con su linterna y volvió a oír el corto maullido, ésta vez envió el haz de luz hacia el sitio donde supuestamente creía que se originaba el ruido.
Por su radio daba órdenes para que vinieran los obreros a colocar los bombillos. Éste sitio está muy cercas de los ascensores y estacionamiento y es muy peligroso que este oscuro, ya que podrían ocurrir robos a las personas que pasaran por aquí, muy cómodamente unos rateros se podrían ocultar y atracar a cualquiera.
Caminaba muy cerca de las bolsas de basura,”ya casi no se aguanta el olor”. Seguía hablando con un monólogo particular, para sí mismo, quien sabe si para darse animo, es como cuando los niños pasan por un camino oscuro y éstos silban para darse valor.
De pronto oyó mas detenidamente un quejido esta vez lo percibió con mucha claridad.
Fue como un disparo a quemarropa, un pequeño quejido constante que lo hizo auscultar más detenidamente.
Le pareció que el sonido venía de una bolsa negra, de la parte más alta del bulto, sintió ver algún movimiento, como si algo estuviese dentro de ella.
“Ya está”, hablo de nuevo,” es un animal metido en una bolsa y arrojado acá al basurero.
Seguro que es un gatito recién parido”.Agarró en sus manos la bolsa y la abrió con mucho cuidado.
Su cara se lleno de asombró, sus ojos se llenaron de estupor, su frente se llenó de arrugas, en su labios una enorme o se congelo en ellos.
Tomó su radio y llamó con urgencia a sus hombres, mientras el sacaba del interior de la bolsa un pequeño objeto que emitía unos sonidos anhelantes y lo llevaba a su pecho para mecerlo en sus brazos
Un pequeño niño recién nacido, todavía sanguinolento con su pequeño cordón umbilical colgando en su vientre, daba manotazos al aire moviéndose con aprehensión.
Estaba todo sucio, lleno de su misma porquería, olía mal, estaba todo muy rojo y casi a punto de morir.
El intendente lo abrigó al pequeño con su saco, mientras hablaba ahora con sus subalternos
Haciendo preguntas y gritaba, y gesticulaba, daba órdenes incoherentes y corría para llevar a la pequeña criatura a los médicos, que ya venían atravesando la ciudad en una ambulancia que acompañaba con su estridencia a los demás ruidos de la cuidad.


La Niña.

El río viene de las montañas, nace por allá muy lejos quien sabe en donde, y por cuales recovecos transita hasta pasar por el caserío. En verano pasa mansamente con aguas cristalinas y poco cauce. Hay que bajar algo así como un cañón de casi de ocho metros, para bajar al río. Los niños vienen a jugar con las aguas, alguna raya rezagada del invierno logra picar a alguno y así y todo, todos, disfrutan del río que trae la subienda de Coporos y Bocachicos que en manadas bajan y suben la corriente en un relámpago gris.
Los domingos y días de fiesta, se llenan las playas del río, los sancochos se exhiben en las orillas y las personas como las iguanas cogen sol y disfrutan del baño en las cálidas aguas.

El invierno es constante y cuando llega parece nunca acabar, cuando empieza a caer agua todo se llena de barro y el agua cae a cántaros por muchos días acompañada muchas veces de fuerte viento y mucha tormenta, rayos que resuenan desde lejos y producen un trueno que se alarga distante en constante eco. Grandes estragos causa el invierno, muchas veces daña la carretera, la llena de huecos y los camiones no pueden transitar por ella para recoger la cosecha
En éste invierno, el río pasó raudo haciendo olas, se llenó hasta el tope, subió la pared de piedra y rocas y en algunas partes se rebosó y llegó hasta las casas, arrastrando a su paso al cambural, y se ahogaron varios animales y a otros, los arrastró.. La pobre vaca no tiene como salir de la corriente, el mugido es como una larga despedida.
Mas de ocho metros subió desde que en días anteriores pasaba mansamente con aguas cristalinas murmullando entre guijarros. Ya no se puede jugar en el. Pasa oscuro con sus aguas sucias saturado de arena, que arrastra desde las montañas

Es el verano, la estación calurosa y en el día, el calor se hace insoportable y hay que levantarse muy temprano para poder trabajar la tierra. Por que después de las diez de la mañana no se puede estar, el sol se comporta implacablemente.
Desde la madrugada, los tractores pasan constantemente en un brioso zigzaguear, van pasando y repasando en un mismo terreno, desmenuzando la tierra para llevarla al tono para poder sembrarla, levantando polvo a su paso.
A los muchachos le es difícil ir a la escuela., a veces viene un maestro, lo lejano y la falta de trasporte imposibilitan llegar a tiempo para impartir las clases necesarias.
Las niñas están ayudando a su madre, ella las va enseñando a los quehaceres diarios y los jóvenes se van al campo a trabajar.
En la casa de bahareque viven muchos de ellos, están viviendo hacinados son varios los que habitan en la pequeña casa.
El padre, la madre, unos tíos y varios niños, que duermen juntos en una misma cama.
La comida es escasa, no es de lujo pero siempre hay algo; los granos que se recogen en la siembra, cualquier animal que se logra cazar en el monte o alguna ave que siempre llena la olla. Nunca faltan los huevos, las gallinas criollas siempre andan poniendo en el monte y los niños se encargan de recoger la cosecha. Lo demás lo logran comprar en la bodeguita del pueblo.
Así van creciendo, con falta de escuela, falta de alimentación y falta de planes gubernamentales para tratar de llevar un mejor modo de vida a los habitantes del caserío.

El invierno y el verano dos contrastes permanentes, cuando dice llover, llueve y llueve, como si cayera toda el agua del mundo y en verano, cuando dice calor, es sol y sol. Ambas son implacables, a veces hay inundaciones, se pierden las siembras y así se contribuye a entrar al círculo vicioso de la miseria.
Los muchachos van creciendo, la niña se va volviendo mujer, van al río, al pueblo, a la ciudad, van a la escuela montados en los tractores que los lleva a la vía para luego ellos caminar y caminar, son casi treinta kilómetros, muchos de ellos van descalzos para no dañar las alpargatas, el único calzado que tienen. Se ríen porque la risa nunca se pierde cuando se es niño, joven e inocente, se ríen en sus juegos, viven con la inocencia y pureza que da la soledad y el campo.
Las travesuras con el gato, el perro cazador que persigue la presa, el olor de mastranto en los caminos, el volantín y el trabajo, el duro trabajo de campo, arrancar el grano de la mazorca golpeándolo con el garrote. Sembrar la semilla a mano, se daño la sembradora, caminar detrás del tractor con el saquito en la espalda, el niño ayuda a tapar el huequito.

Y así pasan los días y las tardes, las semanas y los años, la niña va creciendo como la espiga del sorgo, como la del maíz, como la del arroz, que siembran entrando el invierno, en la tranquilidad del campo, va siendo feliz con todo y sus carencias, con su falta de escuela, acostumbrada a su vida simple y parca.

De la ciudad vinieron las ofertas.
La convencieron en un solo asalto, la joven y simple muchacha con todavía sus diez y seis años, y niña, aún no había entrado en las fases, de cómo la luna pasan cada veinte y ocho días.
La invitaron a la capital, le hablaban maravillas de trabajo y de dinero, de cosas que comprar en los centros comerciales, de ricas vestimentas, le hablaron de joyas, de cine, de televisión, de farándula, le llenaron la mente de los milagros modernos y le entro la llama del consumo.

Varias muchachas fueron reclutadas, las llevaron a la capital. Las señoras que se encargan de buscar muchachas en los campos para trabajar en las casas de familia, iban con una buena cosecha.

Y la muchacha cayó en una de ellas, las reglas algo rigurosas. El trabajo durante toda la semana desde muy temprano en la mañana; alistar a los niños que van a la escuela. Los pobres que se levantan muy temprano y casi dormitados, actúan como robots, tienen que estar muy de madrugada a esperar el transporte, que atraviesa muchas veces toda la ciudad, para llegar con un tráfico descomunal a sus respectivos escuelas. Debería de existir un horario más flexible para que los niños, no sufran los rigores de un sistema inflexible y riguroso.
El trabajo al principio se le hizo un poco fuerte, no estaba acostumbrada a los rigores de una patrona que actuaba como un sargento, pero así y todo, emprendió con empeño su largo trajín.
Que vengas a lavar aquí, ir allí, venga acá, planchar esto, cocinar lo otro, limpia aquí, limpia allá, no terminaba una cosa para empezar otra, y la muchacha se convirtió en una moderna cenicienta cuya ada madrina, nunca iba a aparecer. Y así llegaban las noches para ir a descansar unos músculos adoloridos toda molida, para ir a dormir y levantarse bien temprano a empezar de nuevo su largo ajetreo. No pegó el ojo en su primera noche añorando su tierra.

Así logro cambiar la bucólica existencia, la paz espiritual, la tranquilidad de los que era su vida para un ajetreo diario, de horas y horas de trabajo, de casi trabajar sin descanso.

Llegó el sábado era el día libre, no conocía a nadie, no obstante salió.

Durante la semana trabó conversación con otras muchachas que trabajaban en otras casas; en momentos en que botaba la basura o esperaba el transporte de los niños, en esos breves instantes, las muchachas hablaban de sus cosas y convinieron a encontrarse el fin de semana para salir a conocer la ciudad.

Salió a conocer la Ciudad y en la gran ciudad se perdió, perdió su sitio, su espacio, su libertad.

Fue libre de comprar. Su primera compra, fue en el gran centro comercial, en donde se exhiben fastuosamente todos los objetos de deseo. Compro ropa para sus hermanitos, regalos para su madre y para el viejo, un hermoso sombrero pelo de guama, y compró, varias navajas de marca para sus tíos. Visitó un cine, vio su primera película y se desgañitó de la risa. Era una de la mar de divertida.



La Mujer

Y llegó. Una tarde, cuando regaba el jardín y el vapor del agua que brotaba, emitía el olor de tierra mojada que se mezclaba con el de las rosas. Cuando oía el murmullar del tráfico de la cuidad, el de los ruidos eternos que se combinan uniéndose entre sí, haciendo una amalgama intrínseca en ecos de ciudades sempiternas.
Sintió el dolor en su vientre y el brote de su cuerpo florecer…

Apareció el sobrino. El niño mimado de la familia, que la empezó a acosar.

La cercaba en la escalera, en el jardín, le decía palabras en los oídos, le llenaba la habitación de rosas. Un Caramelo, un chocolate, un bombón. Ella medrosa miraba hacia el piso, pero en su cara se notaba la sonrisa de satisfacción, y en sus pómulos se observaba el rubor.
Y todavía la acosaba más y más, día tras día, hasta que le robó un beso detrás de la puerta, la agarro cuando ella tenía las manos llenas de platos y vasos, y así, sin poder defender chupó de sus labios néctar de flor. A ella ese beso le supo a ambrosia, le supo a la miel que recogen de los palos allá en su campo, le supo a brisa, a perfume de mastranto, a aroma de bosque de su campiña adorada.
Entonces, él le habló de amor, de sueños, de romances, de porvenir, con palabras dulces, acarameladas y tiernas, le haló de pasión.
Ella sintió muy dentro de sí el despertar de la sensualidad, el despertar de su capullo en flor, y sintió un fuego nuevo y silencioso que abarcaba todo su cuerpo, cubriéndola de rubor.
Y ese fuego no se apaga si no con amor.
Y el amor esa noche llegó.
Llovía a cantaros en una noche de septiembre, fría y con lluvia. Allá afuera, las nubes abrasaban a la montaña con el frió abrazo del invierno y no dejaban de esparcir líquido,
mojando toda la cuidad.
El se metió en su cuarto, por la ventana que daba al patio trasero. El ruido de los truenos, no dejaban oír otra cosa. Ella asustada lo convidaba a salir, pero sus ojos decían otra cosa.
“Pero la señora y los niños, el ruido, por favor”..... El le puso un dedo en los labios, ella quiso hablar de nuevo, pero sus palabras fueron cortadas con un cálido abrazo. La besaba en el cuello, le tocaba los senos, ella sintió como un mareo, sus ojos se nublaron, sus labios se abrieron para recibir el primer beso, que continuó con otro y otro, hasta hacerse infinitos. Y esa noche para ella se convirtió en magia.
Se repitió muchas veces, al principio tuvo mucho miedo de que fuera descubierta y tomaba todas las precauciones posibles, luego las noches eran esperadas con ansia.
Y el día combatía el cansancio, que era vencido con una nueva noche de amor.

Y noto el cambio. Un día se sintió mareada muy temprano en las mañana, cuando esperaban el trasporte de los niños, y un ansía muy grande le hizo trasbocar. Sintió un cambio en su cuerpo, los senos le parecían hacerse crecer, y sensaciones extrañas le sucedían a ella y a su cuerpo.
Al principio le extraño, pero enseguida cayo en cuenta y optó por hablar con su furtivo amante.

El se reía, no lo creía, le criticaba, la aconsejaba, que no le dijese a nadie y la convido a que lo botara...
Y que si alguno de sus pariente lo sabría, ella sería la perjudicada. La echarían de la casa y allá en su campo la tratarían mal, la juzgarían. Él empezó a alejarse y después de unos meses desapareció por completo de la casa. Le dijeron que fue a un viaje a un país lejano.
Esa noche lloró desconsolada, pasó una noche terrible, en sus sueños veía monstruos terribles y feroces que la acosaban queriendo destruirla, esa noche y muchas como esa, no pudo pegar un ojo.
El mundo se le puso chiquito, se enflaqueció y ocultó su estado, usaba ropas anchas y a los seis meses no se le notaba nada. Tenía miedo de hablar, miedo de ir al su pueblo, miedo a sus padres y parientes. Miedo al que dirán, a los regaños, a los insultos y peleas. Miedo a que la gente la creyera mujer fácil y sin escrúpulos. Miedo a la crítica, a que la señalaran como toda una desvergonzada. Estaba toda cuestionada, se hacia mil preguntas y no hallaba ninguna respuesta, solo tenía remordimiento y soledad.
Cambió su carácter, se convirtió en huraña, no hablaba casi con nadie y después de su trabajo se encerraba en su habitación., no salía en sus días libres y en sus ojos se reflejaban soledad y mucha tristeza. Se sentía como muerta en vida.

Pasaba por los siete meses, entraba la madrugada, ella como todas las noches no podía conciliar el sueño. Un dolor intenso, muy adentro de su cuerpo, nuevo para ella, le acometió incesante, constante y en aumento.
Fue al baño, y allí sola, se lleno de terror, por sus muslos rodaba la sangre, espasmos le sucedían, se agarro del toallero y se colocó en cuclillas. Lo sintió venir desde muy dentro. Quiso gritar, pero fue un grito ahogado por el borde de una toalla que coloco entre los dientes. Pero si hubo gritos silenciosos. Gritaba su espíritu herido, gritaba su sangre derramada.
Sintió caer a la criatura. Por un instante lo vio sin sentir nada, estaba seca. Para ella era un feto, un objeto indeseado que se escapa de su vida, que la desata, que la deja libre.

Lo recogió y lo metió en una bolsa negra, limpió el baño, se lavó y cambió. Salió a la calle con su paquete en la mano. En sus ojos se asomaban lágrimas de dolor. Se dirigió a la edificación de enfrente, un conjunto de varios edificios, tan altos, que parecen llegar hasta Dios. Allí deja su paquete y se va.
Mira a la casa que la cobijo durante todos estos meses , donde conoció el amor, la angustia y el dolor. Y se retira caminado por la calle paralela a la casa, observando el frío perfil de los balcones, ventanas y jardines. Se va sin mirar atrás.
No piensa regresar.


El Niño......

Los socorristas limpiaron al niño, y lo llevaron con toda rapidez al hospital. Sus mentes estaban llenas de pensamientos encontrados en contra de las mujeres desnaturalizadas, que desechan a sus hijos y los arrojan a los basureros y sitios extraños, no dándose cuenta que son seres humanos, sangre de su sangre, fruto que llevan en su vientre.. Maldecían a las madres desnaturalizadas, y a todas las que abortan, a las que no son valientes para llevar su carga. No existe razón ni motivo para hacer un acto tan canalla y ruin para con el ser humano. Esto pensaba la médico que corría con el niño para meterlo en la incubadora

El niño movía sus cabecita, parecía como si mirara con sus ojos cerrados a todas partes como buscando algo. Sus labios eran finitos y morados,
“Parece un gran luchador, es un niño valiente”. Comentaban las enfermeras.

Y logró sobrevivir.






Rubén Patrizi



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