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axioma

AXIOMA


Me veo saliendo del sitio arrastrando una cobija, la que uso para arroparme en las noches de mucho frío, la que me cubre en las madrugadas tristes de mi existencia...

Todos los periódicos anunciaron en ese día, la noticia:

Fue encontrado muerto un indigente, presuntamente ajusticiado. Al parecer por la forma que fue hallado, se presume que se ensañaron con él. Murió con la cabeza aplastada por una gran piedra en el momento en que dormía. En la zona del parque y......

Julio Bastardo daba órdenes a diestra y siniestra, todos los subalternos corrían a sus palabras. Preguntaba sobre los hechos, a los testigos que habían hallado el cadáver. Tomaban nota de todo, huellas del sitio, y cualquier otro dato que pudiese servir a la investigación. Tomaron fotos del lugar, del cadáver, de los personas que se iban acumulando y cercaron la zona, apartando ya a algunos transeúntes, que curiosos, casi con una expectación enfermiza, se asomaban a averiguar como siempre, a ver la imagen que mostraba el pobre occiso.


Julián -como le decían sus amigos, ya entrado en años y con muchos en la policía- estaba ya para jubilarse; se sentía casi inoperante ante tal suceso, ya que una muerte así era muy cruel y triste, y por más de la experiencia que tuviese por los años de servicio, siempre le daba un pequeño escalofrío, muy dentro sí, al ver perder la vida a un ser humano, a cualquiera, y aún más en circunstancias tan siniestras.
Decía muy para sus adentros "me estoy poniendo viejo”.

No obstante haber visto tantos crímenes en su carrera, hoy, este crimen, le hacía temblar la nuca, le había tocado y ponía mucho énfasis a sus subalternos para que pudiesen encontrar cualquier pista y lograr datos lo más preciso posibles.


Fotos y más fotos y el resultado de la autopsia estaba ya en el escritorio y él, en forma muy meticulosa lo estudiaba...

...mientras me arrellanaba en el fondo, miraba hacia la superficie, y notaba como la claridad del día cambiaba con el color del agua y cuando un objeto caía, podía ver la trasformación de los instantes de reposo y tranquilidad a la actividad y entonces comenzaba el ritmo de los aros, que empiezan a circuir abriéndose entre ellos, e ir formando uno nuevo y otro más y como volutas de humo se van abriendo, alejándose uno de otros, esparciéndose en el éter.
De nuevo, otro movimiento de ondas y las burbujas acompañan al oleaje. Hay un borbotar en la superficie y me doy cuenta que puedo respirar debajo del agua.


En mi letargo, un nuevo sueño me eleva hacia montañas llenas de nieve y veo a hombres que van vestidos de rojo, y otros, van de blanco con la cara cubierta.
Duermo, duermo...

Despierto... me siento muy mal después de pasar esta nota. Cada vez que la uso, me deja más muerto que vivo. Tengo la boca seca y estoy amodorrado, hambriento, pero sé que no puedo comer nada, porque lo vomitaría.


Me siento adolorido por este compañero que han encontrado destrozado; lo conocía, estuvo conmigo en algunas andanzas callejeras, no le hacía daño a nadie, solo le gustaba vagar por la ciudad, revisar los tiestos y andar por algún que otro restauran, a ver si le daban algo de comer.
Estoy empecinado en usar esta lata, que uso a modo de pipa, y que con los dientes le perforo un agujero, para después inhalar por él, el humo nefasto que nubla mis sentidos.
Usando la piedra trato de escapar de esta realidad que me turba Estoy intranquilo y me da miedo andar por la calles, a ver si me reconocen. Tengo miedo que me encuentren y me hagan lo mismo. Este miedo me da en algunas oportunidades lucidez , y puedo pensar y entrar en conversación conmigo y tratar de ver lo que he hecho de mi vida.
Primero el alcohol que me ha dejado en la calle y luego la piedra.
Vivía algo tranquilo en ese callejón, pero después de lo que sucedió no pienso volver.

De nuevo los periódicos han publicado otro suceso.

Fue encontrado muerto cerca del parque.....
Muy cerca de donde hallaron muerto a un indigente hace varios días, encontraron a otro, fallecido en igual circunstancia. El cadáver de éste muestra las mismas características; fue destrozada su cabeza por una roca y..........
Julián, mete palillos en su boca, y los mordisquea. Es un hábito que adquirió después de dejar el cigarrillo. Es síntoma de preocupación. Inconscientemente, siempre anda hurgándose los bolsillos hasta darse cuenta que ha dejado el vicio y que en ellos no conseguirá nada, entonces toma un palillo y lo mete en sus dientes empezándolo a mordisquear. Se siente preocupado por este nuevo hallazgo, otro indigente muerto en circunstancias desagradables y misteriosas.
Su nuca empezó a erizarse, sabía las consecuencias que esto llevaría, la opinión, los periodistas sus jefes etc.


Esperaron al forense y tomaron notas de todo, recogiendo las pocas pesquisas y fotografiaron el lugar, hablaron con los testigos, etc.

Pienso: Si fuese tan fácil.


En la conversación que he tenido con ese visitador social, sobre la importancia de quererse, sobre la voluntad para dejar los vicios, sobre el espíritu, sobre el cuerpo, los destrozos que se acumulan en el tiempo, y las enfermedades que uno puede adquirir llevando una vida como la mía. Trata de concientizarme, que pueda pensar y que con un gesto de voluntad pueda yo exarsirme de esta vida que llevo, hace ya varios años.

Hoy pienso en ella. No la vi levantarse, solo la he visto en pocas ocasiones y ahora paso por la escuela donde estudia y desde lejos puedo verla.
He logrado conseguir algo de su confianza. Unos malandros la atacaron el otro día. Ella y una de sus amigas salieron del liceo y caminaban muy tranquilas por la calle; yo las seguía, cuando los malandros las increparon. Yo estaba muy cerca y los malandros no me prestaron atención.
Casi se las llevan a rastras por el callejón, pero me adelanté a ellos y con un par de piedras en las manos logre ahuyentarlos. Les grite "Déjenlas en paz”, y a ellas “Váyanse rápido de aquí”, y mirando con ojos llenos de ira y con una furia incontrolable me enfrenté a este grupo de bribones. Tuve suerte, ellos se fueron.
Quién no le va a temer a un loco todo sucio y barbudo con un par de piedras en las manos y resuelto a matar o a que lo maten.
Las niñas se fueron corriendo, y logré ver que a lo lejos, ella se volteaba a mirar, como agradecida por haberla ayudado.
A los días estaba de nuevo sentado en la acera, mirando hacia ninguna parte, cuando las niñas se me acercaron y una de ellas, más audaz, levantó el brazo obsequiándome un sándwich, era como una forma de agradecimiento, sonreí con una felicidad grotesca y empecé a devorarlo.
Si hubiese sabido que soy su padre y que me siento muy feliz y orgulloso de tenerla…
pero esta vida miserable que llevo, que he ido destruyendo poco a poco, no me permite hablar, para no hacer miserable la suya. Me conformo con verla de lejos.


A las personas de mi apariencia las tildan algunas veces de locos, las gente nos teme y se aparta de nosotros como si fuésemos una enfermedad.
Nos tienen miedo, asco, grima, y no dejan de tener razón; nos salimos de los esquemas normales, estamos descuidados sucios y hediondos y la mayoría de las personas no entienden ni comprenden que haya gente como nosotros, que somos lacras, personas sucias que andan por las calles vagando y durmiendo en ellas. Viviendo en callejones oscuros en parques medio abandonados, debajo de puentes, o en la misma calle, haciendo nuestras necesidades en cualquier lugar, comiendo mal y viviendo peor, muchas veces, porque los vicios son más grandes que nuestro espíritu y que nos dejamos llevar por ellos y por las circunstancias, sin poner un grano de voluntad. Y ya en casos extremos, se necesita ayuda especializada, porque una persona llena de vicios, es muy difícil que salga ella sola, sin una mano amiga que logre llevarla a un buen vivir.

A veces pasamos días enteros sin comer, logramos conseguir algo de sustento porque almas caritativas nos obsequian alimentos, pero no es siempre; otras veces el frío la lluvia el sol, los elementos de la naturaleza que son inclementes cuando uno se encuentra en estas circunstancias. No tenemos ropa ni abrigo, y menos dónde bañarnos. A veces hay hospicios o sitios donde nos recogen nos bañan y nos dan alimento, pero sus reglas son estrictas. Nosotros no somos personas de reglas, somos personas que debemos entrar en el riel poco a poco, porque somos como animales sin dueño y perdemos hasta lo moral de las costumbres. La paciencia, creo, es la primera virtud con que deberían tratarnos.

Otra publicación periodística y en primera pagina

Tercer hombre encontrado muerto en iguales circunstancias que los anteriores. El hombre tendió un cartón en la calle y dormía cuando fue atacado y asesinado. El hecho ocurrió cerca de las cuatro de la madrugada. Fue encontrado igual que los otros, con la cabeza destrozada por una roca , que estaba muy cerca del lugar, impregnada de sangre y de restos de cerebro. En el transcurso de estos días han sido asesinados todos estos indigentes con el mismo modus operandi, no se sabe del móvil de estas muertes ni a quien beneficia; la policía esta abocada a hallar al culpable o a los culpables de estos abominables delitos. Recomiendan a los indigentes que se alojen en los hospicios o que permanezcan agrupados, que no anden solos, para ser menos vulnerables a un ataque.

Julián no dejaba de masticar su palillo, despotricaba contra sus compañeros, contra las personas, contra él mismo, contra todo el mundo. Algo no sabía bien. En su boca un mal sabor de disgusto, y en su mirada se adivinaba una repugnancia.
Pensaba con ese don que tienen los sabuesos de gran experiencia cuando huelen algo podrido. No compartía la tesis de un loco matando a otros locos, de un loco matando indigentes, había algo más en todas esas crueles y extrañas muertes.
Se hablaba de asesinos en serie, de personas depravadas, de ocultismo, de acabar con todos los indigentes y niños de la calle. Los periódicos daban rienda suelta a su imaginación y los políticos empezaban a argumentar. Solamente él mantenía en su mente una idea, todavía el punto no se aclaraba, pero estaba allí y sabía que tarde o temprano llegaría; lo que necesitaba era tiempo. y no había mucho.

-Tenemos que solucionar rápidamente estos casos, la opinión pública lo exige, nuestros superiores nos amonestan y nos exigen más aceleración en nuestro trabajo, que indaguemos y busquemos hasta debajo de las rocas. -Así comentaba Julián a sus compañeros de trabajo, detectives y funcionarios que estaban abocados a resolver estos crímenes. Continuaba: -Hay que establecer vínculos, relaciones, estudiar nuevamente los casos uno por uno, enfocarnos en las costumbres de estas personas, buscar a sus familiares, a sus amistades, indagar sobre sus practicas cotidianas. -De esta manera les daba su aliento y confianza.

Se observan en la enorme pizarra las fotos y datos de todos los difuntos; en el mapa se señalan el sitio y ubicación exacta donde fueron hallados. No existe ninguna conexión entre ellos, dos en el parque y uno en la calle, cerca de un callejón. En donde hacía su vida. Se la pasaba bebiendo y haraganeando, casi todos lo conocían. Algunos de los vecinos le daban de comer y ropa vieja y él dormía en un cartón muy cerca del mismo callejón, en donde supuestamente vivía otro, que al parecer se mudó, por que hace varios días que ha desaparecido del lugar.
Según versión de los vecinos. Nuestro personaje, pasaba las noches bebiendo hasta que se dormía, era muy pacífico y callado, no molestaba a nadie, amanecía cubierto con periódicos para amortiguar el frío de la madrugada.
Solamente existía algo en común entre las tres personas asesinadas. Los tres eran indigentes.

Hoy camino por las calles de la gran ciudad, me han afeitado, bañado, me han cortado la barba, tengo camisa limpia; usada, pero limpia, y quiero andar por los parques y avenidas que me han visto en otra forma, andrajoso, con asco y lleno de inmundicia.
Hay mucha gente y camino entre ella, caminar así, es toda una sensación, es diferente, es bueno no sentir desprecio, ni asco. Entraré al metro y trataré de disfrutarlo.
Hoy ando sin miedo y lo que vi o creí ver estará olvidado y lograré no sé como, que no me atormenten las imágenes que de una u otra forma me llegan y que se introducen en mi mente; quiero lograr olvidar las muertes de los otros indigentes que han fallecido por causa mía.
Quiero visitar a algunas amistades de hace mucho, tengo tiempo que no las he visto, son personas que no conocen mi presente, personas que he tratado hace muchos años. Que no conocen ni se imaginan lo que es vivir en una calle como animal, en una selva de concreto.
En la calle se vive mal, se pasa hambre, a veces hay que hurgar en los cestos de basura, a ver si se encuentra algo que medio sirva para llevarlo a la boca y así amortiguar un poco la sensación de hambre. Algunas veces se pide limosna, pero la gente se cohibe de dar dinero a un alcohólico, porque piensa que el dinero es para comprar más bebida y no dejan de estar en lo cierto, pero se bebe para tratar de olvidar y no sentir en la piel ni en el cuerpo el hambre y la miseria, y nos obnubilamos con el alcohol o drogas. Sentir la sensación de asco porque no aguantan nuestro olor porque pasamos varios días sin bañarnos con la misma ropa, dormimos donde nos coja la noche, donde nos dé sueño, donde nuestra borrachera venza a nuestro cansado cuerpo. A veces nos sacan a palos de los sitios donde estamos y otras veces, personas cariñosas y caritativas nos dejan hacer, y nos quedamos en el lugar algún tiempo.
Una vez me rompieron la cabeza. Fue el dueño de una carnicería. Estaba en la puerta de su comercio y me dijo, que me retirara, me quedé quieto, no me moví, enseguida tomó un palo y me golpeó. Regresé con una piedra en la mano y le dije que esos no eran modales y me dio otro palo, que me envió al hospital sangrando. Llegó la policía se rieron, tuve que meter la cola entre las piernas. En el hospital me curaron y él estuvo casi todo un día preso. Cómo iba yo a acusar a un señor de agresiones personales.
Me paro en los semáforos a ver a los muchachos hacer piruetas, con naranjas, limones, pelotas o cuanto objeto ellos manipulen. Hacen acrobacias cuando los semáforos están en rojo, actúan en un espacio de tiempo muy pequeño y al mismo tiempo piden a los conductores de los vehículos dinero por su actuación. Algunos conductores dan dinero, otros con miedo, ni siquiera abren sus ventanillas.
Me llama la atención el más pequeño de ellos, casi no puede caminar, está disfrazado de payaso y luce una gran sonrisa que le cubre toda la cara, una sonrisa pintada de blanco que contrasta con sus ojitos tristes. ¿Será cierto que detrás de esa sonrisa de payaso hay una tristeza muy grande? Parece que sí, estos niños la muestran. Estos son niños que viven en las calles y que también comparten conmigo su mísera forma de vivir.
Hoy me siento eufórico, contento, lleno de vida, camino más rápido y ando entre mis congéneres, no me ven mal, qué sensación tan agradable. Solo el temor de no ser encontrado me tiene mosca. Tengo que vivir un día a la vez, tal como me han explicado, un día sin alcohol, que es una meta lograda, y después otro día, y así sucesivamente hasta alcanzar un restablecimiento, una mejoría, y poniendo de mi voluntad, llegar casi hasta a la cura. Digo casi, porque el alcoholismo no tiene cura, solo mejoría.
Gracias al amigo que me tiende la mano, y que se ocupa de auxiliar a personas como yo, entrados en el vicio y viviendo en la indigencia. Él me ha ayudado a que el hospicio me aceptara.
Recuerdo como empezó todo esto:


Fue después de separarme de mi mujer, debido al alcohol y problemas que iban y venían y se entrababan en torno nuestro, problemas que no tenían solución, pues solo se escondían tras nosotros, hasta que un día reventaron
Dejé las clases, el trabajo, me ocupé de beber, de andar sin hacer nada y vagar.
Luego, tocaba el violín en las calles. Tocaba en las plazas, en los bulevares, debajo de los puentes; a veces tenía bastante audiencia y conseguía algún dinero. Y con el producto recogido, podía vivir, compraba comida y vivía en una pequeña habitación. Hasta que fui asaltado, me robaron el violín y me golpearon salvajemente. Estuve casi un mes en el hospital. Después de salir de él, me quedé en la calle; bebía, no comía y poco a poco me fui acostumbrando a vivir como un animal.


Ya van siendo cuatro las víctimas, asesinadas implacablemente. Los organismos oficiales no dan abasto, los llamados de la opinión publica se preocupan por la cruel matanza desatada contra los mendigos e indigentes. Están muriendo salvajemente, inhumanamente, destrozados, y no han hallado a ningún culpable de estos hechos abominables no se sabe el móvil de esta matanza en serie y no han podido dar con los asesinos que han desatado esta barbarie.


Francisca no sabía en lo que se metía cuando quiso disfrazarse de mendigo.
Francisca, recién graduada de detective en una promoción moderna, donde la mujer sale adelante por sus méritos, sale adelante con un sentido práctico de la vida, con justicia, con orgullo y honor, tratándose de tú a tú con su compañero, el hombre.
Se graduó con honores una de los mejores del curso, por ello trabajaba con ahínco y era una ficha, una de las mejores del grupo de Julián. Fue escogida y seleccionada para su cargo aún sin tener mucha experiencia. Ella misma se puso a la orden para llevar a cabo la investigación.


-Cambiaré mis ropas por unas de hombre, anchas y sucias, llenas de grasa y de tierra, me colocaré una peluca con el pelo pegado y usaré barba postiza. Tendré a la mano el radio, el arma y caminaré bamboleante y zigzagueante como borracho; así andaré por la ciudad y si es de dormir en la calle o hacer que duermo, eso haré. -Con una gran sonrisa explicaba a su jefe y amigo su idea de convertirse en un cebo viviente.


El viejo comisario, a punto de jubilarse no daba crédito a sus ojos viendo el cambio de su amiga.
Se negaba con entereza a no dejar participar a Francisca en la estrategia que habían sugerido sus jefes. No estaba de acuerdo con esta aventura, pero el plan había sido aprobado desde arriba; así que tuvo que ceder a las presiones de los superiores. Querían sacar al los asesinos cuanto antes de las calles.


Francisca, una detective ejemplar primera de su promoción y con buena fama de atrapar criminales, tenía poco tiempo desempeñándose como detective de primera y estaba a punto de ser ascendida a oficial. Su amigo el comisario Julián le sugería que tuviese la mayor de las precauciones y que vigilara todos sus movimientos con mucha cautela, planeándolos con cuidado, sabiendo de antemano qué iban a hacer, ya que esto, no era un juego, era una labor muy peligrosa. Ella le indicó que no se preocupara, que contaba con un buen equipo...


...unas alas gigantes me salían debajo de los brazos y entonces lograba volar hacia las alturas. Allí veía a los habitantes que caminaban como las hormigas, a los automóviles que se veían chiquiticos que parecían carros de juguetes, podía volar, dar vueltas sentir el rocío de las nubes, la brisa que mueve a las ramas de los árboles. El viento erizaba mis cabellos, solo volaba y me desligaba del mundo, iba en un eterno vaivén deslizándome como los grandes pájaros, circuyendo con ellos las alturas… ahora bajo en picada y no puedo parar, el horizonte se parte en dos y me dirijo al suelo como un avión sin poder detenerme, logro ver como todas las cosas se acercan a una velocidad asombrosa. Grito, cierro los ojos... me voy a estrellar...


Despierto sudoroso y cansado, casi no puedo pensar, estoy obnubilado, todo a mi alrededor pasa como en cámara lenta, me hablo, y no reconozco esa voz, que me grita ”si sigues así, vas a parar en loco”

Ya van cuatro los muertos, mi culpa es muy grande, voy a verlos a la morgue y hasta a algunos logré verlos en el campo, pero esta vez es diferente, no parecía un indigente el asesinado, aún cuando la noticia lo decía.


Cada vez que me entero que otro indigente muere, me entra una culpa muy grande, me entrego al alcohol y a la piedra para tratar de olvidar, para escaparme de la certidumbre y sentirme mejor; pero la realidad es superior a la mentira, cada viaje es peor y a mi regreso me siento desfallecer, cada vez me siento morir.
Hoy también pienso en ella, en el abandono. Se nos acabó el amor, o lo acabé. Nadie quiere vivir con un alcohólico, ni con un drogadicto y mucho menos si le pega. Que es irresponsable en sus actos, que no ayuda en el hogar y que cada día se va degenerando más y más, sin darse cuenta de su error, ni importarle las personas que quieren ayudarle, de las personas que le van aconsejando, y después se van cansando y al final se contentan cuando ha desaparecido.
Nadie quiere vivir con un vagabundo alcohólico y buscapleitos.
En una noche oscura, sin luna que brille y en esa tiniebla que oculta las intenciones de los hombres, atacan a un vagabundo, uno le tapa la boca y otro logra maniatarlo, lo colocan dentro del maletero de un automóvil; y uno de ellos se extraña, porque en su mano se queda una peluca.
Los gritos son acallados con una garra que tapa sus labios y un puñal le punza las costillas.
El cementerio estaba lleno de personas acongojadas, familiares de la víctima y la plana mayor de la policía.


Los comentarios se cernían sobre el procedimiento que según los entendidos era muy pobre. Se hacían todo tipo de preguntas, acertadas o no, algunas eran llenas de intriga. Cuál era la seguridad de los agentes y en dónde estaba la participación del grupo, de la vigilancia. Y toda una serie de repuestas y comentarios, que calladamente en un murmullo silencioso, vagaba entre los presentes.
Julián Bastardo, a sus cincuenta y cuatro años, estaba tenso. Esta vez no mordía ningún palillo, ni hurgaba en sus bolsillos. Estaba rígido, parado como un militar haciendo guardia. Permanecía muy cerca de la tumba, sabía que era objeto de murmuraciones, sus ojos negros estaban cubiertos por un par de gafas oscuras, que ocultaban el movimiento suspicaz que en ellos había.
Él estaba seguro de sus apreciaciones; no obstante la culpa recaía en él, ya que era el jefe del grupo. Sin embargo constaba en casi todos los informes su negativa a que se efectuara el procedimiento. Muchas veces había hablado con ella para tratar de convencerla que no se lanzara a esta aventura tan peligrosa, a la calle de esa forma, que el modus operandi del criminal o criminales era un poco extraño y que él no estaba convencido de la objetividad con que se manejaba.
Ella se arriesgó demasiado, no previó circunstancias y se alejó del grupo; parece que había conseguido algo y en su afán de captura, se fue de bruces. Eso fue lo que la perdió. Su juventud, su apuro, su falta de experiencia en el campo.
Pero los superiores objetaron cualquier argumento. La prensa, la opinión pública, los políticos, todos querían que se resolviera el caso cuanto antes.
La acritud mantenida por él ante ciertos procedimientos nada ortodoxos no lo apartaba de tener alguna responsabilidad. Se sentía impotente y ante las circunstancias y debía sacar fuerzas de esta prueba.
-A llorar al valle-, les comunicaba a sus subalternos en la oficina llena de papeles e informes. -Yo les comuniqué a ustedes mi negativa, mi rechazo tajante a esta operación, a la que consideraba y considero descabellada. Tenemos que seguir investigando, así que todos a trabajar-. Terminó la reunión y cada uno de los oficiales, llenos de dolor por la muerte de su amiga y compañera, se retiraron a sus lugares de trabajo.
Julián observaba detenidamente las fotografías que había en su escritorio y las comparaba con las que estaban en la cartelera. Veía una a una, mordiendo su palillo, colocando su ojo clínico en cada una de ellas, observando como un águila que ve desde lejos su presa y se dispone a atacar.

 


Estoy saliendo del hospital, después de pasar tres días en él. Al despertar de la pesadilla, me encontré tirado casi en plena calle; a mi lado tenía la lata que me servía de pipa para inhalar el veneno; creía firmemente que me haría olvidar. Tomé la lata y la arrojé muy lejos de mí. Luego caminé un poco por las calles y caí al piso para no despertar más.
Me daban por muerto las personas que se agolparon a mi alrededor; algunos al verme así en la vía, comentaban sobre el hecho de que parecía una sobredosis de droga o una buena borrachera, la fase final de un delirium tremens.
Con qué dinero se compra licor… cuando uno es alcohólico, se bebe hasta perfume. Solemos beber caña clara que es lo más barato, o hacemos licor con alcohol absoluto, un poco de agua y azúcar. Bombas le decimos.
Otra persona fallecida ......

Tengo casi cincuenta años y parezco de sesenta o más, con este pelo y barba que ya son canosos, mi cuerpo son puros huesos, la carnita que había en ellos ha desaparecido, soy toda una calavera ambulante. Los médicos me recomiendan dejar el vicio, alejarme del alcohol, no beber ni fumar, porque de otro modo, un paro más, como dicen ellos, no lo aguanto. Que entre en una institución de ayuda, para que pueda sanarme.


Pasa que cada vez que me entero de una persona fallecida en estas circunstancias me enfermo, mi conciencia me reclama, no puedo vivir, es un tormento muy grande, la sensación de culpa es muy fuerte y me ahogo en el alcohol o me sustento en la piedra para tratar de olvidar, pero cada vez que regreso es peor...

Este nuevo cadáver hallado, presenta una característica diferente, se han ensañado con él. Parece que lo han torturado antes de quitarle la cabeza, que apareció a más de treinta metros del lugar.
La policía anda como loca tratando de evitar el pánico, tratando de ocultar hechos, pidiéndole tiempo a la prensa y a los políticos.
La sociedad se pregunta ¿qué criminal o criminales hacen esto? ¿Será alguna secta satánica o alguien con una mente tan depravada, con un sadismo cruel e inhumano, o que quiere acabar con los mendigos e indigentes?

De nuevo un presentimiento. A Julián la picazón detrás de la nuca le es insoportable. Comenta "una luz me llega a la mente”. Llamó a todos inmediatamente.
Julián Bastardo, excitado, llama a todos los compañeros y se dispone a iniciar una nueva conversación con ellos.


-Miren todas éstas fotos. Éstas son fotos de cada uno de los sitios en donde se hallaron los cadáveres, éstas son de todos los occisos, éstas de todos los testigos, éstas de casi todas las personas que estuvieron en el lugar, tanto los ociosos, como los curiosos, etc. Miren, miren el común denominador. -Les hablaba con entusiasmo y al mismo tiempo con reclamo; hasta había cierta amargura en sus palabras, por no haberse dado cuenta antes, haber podido evitar por lo menos una muerte, la de su amiga. Les siguió exponiendo su tesis:
-Casi todas las muertes tienen un vínculo, todas fueron ejecutadas en circunstancias muy crueles, y aquí tenemos un punto que debemos explotar.
Miren a este hombre, sale en casi todas las fotos; fíjense en los ojos de este personaje, es éste mismo sin barba y sin pelo, está afeitado y arreglado, pero es la misma persona.
Hay que conseguir a este individuo y averiguar quién es, porqué sale en casi todas las fotos, y en todos los lugares. Si no está en la morgue, está cerca de los testigos. Hay que saber porqué aparece en cada grupo de fotos de los fallecidos, y porqué esta en el funeral de Francisca.-Miraba a cada uno de ellos exponiendo esta idea, sutil, pero fuerte. -Hay que ubicarlo, saber quién es, adónde vive, qué hace, sus familiares, toda su vida; y si logramos encontrarlo, seguirlo. Seguirlo sin que se de cuenta, vigilarlo en cada momento de su existencia. A ver que pasa.


Se dio por terminada la reunión. Julián, otra vez a solas, continuó viendo las fotos, detenidamente .


...busca en sus bolsillos los palillos y empieza a masticarlos. “Qué vicio”, piensa.
”Bueno, es mejor que los cigarrillos”. Se ríe para sí. Toma tazas de café y observa fotos y más fotos. Su pensamiento empieza a divagar y a entrar en un sopor; se tranquiliza, empieza a pensar en su deporte favorito, el cual todavía practica. Y de allí su mente se va al recuerdo, empieza a pensar en los muchachos. En estos días de tanto trabajo y presiones los tenía abandonados, no podía ir a entrenar con ellos, todo el tiempo lo tenía copado con estas muertes.

Siempre se criticó el no poder apresar a los asesinos del menor...


No se lo perdonaba, aunque tenía datos y pruebas, un hecho así, no lo podía ejecutar. Creo que estos asesinos se van a salir con la suya.
Un día le dije: "Si quieres, puedo ser tu padre” y él me contestó muy quedo, casi un susurro, colocando sus ojos en una forma extraña "no tengo padre”. Yo le repliqué "no importa. Yo tengo muchos hijos como tú”. Todos éstos que me acompañan y que practican este deporte conmigo, son como mis hijos. Siempre sale como todos algún descarrilado, pero en términos generales, son buenos muchachos.


Era el menor de su grupo, una pequeña pandilla de unos seis, ocho o diez personas; vivían en la calle, y no tenían ningún representante ni quien velara por ellos, solamente eran ellos mismos los que se representaban, vivían como animalitos y de este vivir, que tiene las consecuencias de una libertad efímera, paraban mal, con los peligros de actuar y vivir en una sociedad que los abandona…

... el niño lloraba con angustia y sus gritos se dejaban oír a lo lejos, la gente curiosa empezaba a mirar estupefacta.
-Dejen al niño, -decían algunas damas que mostraban su angustia y desespero al contagiarse de los gritos del niño
-¡Déjenme! ¡No me peguen!- Decía llorando. -Lo que pasa es que tengo hambre.
Tres hombres lo sostenían por los brazos y por las piernas. él se agitaba, se retorcía queriéndose salir de esas tenazas que lo sujetaban, y entre más se movía, más era apretado por las fuertes manos que como garras lo asían, aprisionándolo más y más Empezó a gritar y a repartir mordiscos a todos, para todos los lados, pero era en vano, no daba en el blanco. Los hombres que lo sujetaban lograron detenerlo evitando ser mordidos.
Lo sacaron del recinto, y a empujones y golpes, lo arrojaron al medio de la vía, conminándolo a que no volviera más, ni él ni sus amigos, ya que les podría ir peor.
Minutos antes una algarabía de muchachos entraron al establecimiento, eran como ocho, diez, o doce, entraron gritando, haciendo un coleo, quitándole a las personas la comida del plato, carteras a las damas y cuanta cosa podían tomar entre sus manos.


-Son una pandilla de delincuentes juveniles, una sarta de los sin padre y sin nadie que los reprima, unos sinvergüenzas, -decían los clientes, atónitos al rebullicio que formaron los muchachos.
Los mesoneros y guardas del local se atravesaban a ellos, tratándolos de atrapar y ellos los esquivaban; era como un juego de rugby en el que, quien tuviese la pelota era perseguido y los otros lo ayudaban a esquivar. Pero cayó uno, fue golpeado y maltratado inmisericordemente.
Cabizbajo se retiró del lugar. Iba golpeado, hecha jirones su ropa, con moretones en los ojos, pero contento porque había logrado escabullirse -si eso podría llamarse así, salir de ese trance medio muerto-. Supo que sus amigos se habían retirado victoriosos de esta escaramuza, con las prendas, carteras y comida que habían sustraído de éste restauran.
Se reunieron todos a la orilla del río, que pasaba raudo y sucio, hediondo y caliginoso, llevando en sus aguas marrones el sucio de la ciudad. La inmundicia es arrojada día tras día y noche tras noche, los excrementos y desechos que contaminan las aguas de un río que bajaba puro y limpio en remotos tiempos.


Allí en el río se repartían la zafra, uno sacaba de sus bolsillos un lustroso reloj, otro de dentro de su faltriquera un par de objetos de oro, y otro enseñaba con risa sardónica, el usufructo de sus labores del día.
Eran unos bribonzuelos


-No hay comida, pero tenemos muchos objetos de valor. Mañana iremos donde Don pedro a vender nuestro tesoro -comenta uno de ellos gozoso, con ojos hambrientos.
No, con ese señor no deberíamos ir, es un tramposo y usurero nos va a dar cualquier pendejada por nuestras cosas -comenta nuestro golpeado niño-, y dale lo que nos costo conseguirlas -les replica, mostrándoles los amoratados ojos.
-Tiene razón -agregan los demás. -Deberíamos ir nosotros mismos a buscar otro comprador.
-Sí, pero mientras tanto, ¿qué comemos, de qué vivimos?. Tenemos que pagar a los policías para que nos dejen tranquilos y comprar algo para comer; también para ir donde doña Lola y las muchachas -comenta de nuevo el primer interlocutor, que parece ser el jefe de tan escuálida pandilla y el de más edad.
Esa noche se acostaron sin comer, tuvieron que apretarse bien lo que tenían por cinturones y juntarse muy cerca uno del otro para darse calor, porque la noche era fría, bajaba de la montaña una niebla. El rocío de las noches de octubre que baja como el sudor, bañando las calles con un frío vapor.


Los más grandes sacaban sus pipas y le metían piedras para olvidar sus penas; otros destapaban sus pomos para absorber la pega, líquido viscoso y amarillo que va llenando sus pulmones de veneno, insuflándoles mentiras, notas de un piano viejo que gime lloroso en una noche negra.
El despertar es más triste que la noche anterior. El hambre hace estragos. Un niño no se levanta, está muy mal, se ve muy golpeado, sus moretones se notan desde lejos, sus ayes fueron mitigadas con inhalaciones que le mentían. Su estado es muy lamentable.
Hay que llevarlo a algún hospital-, comentan todos los muchachos.
Entre todos lo levantan y lo llevan al hospital, donde lo dejan en la puerta y se van corriendo para que no les indaguen y les hagan explicar el porqué del estado lamentable de su compañero.
Luego empiezan a vagar por las calles, entran a un mercado y uno por uno se hacen de viandas y alimentos que roban. Uno una fruta, otro un pedazo de queso, otro un pan y así van juntando cosas para poder comer.
Se van a una plazoleta, donde todo esta a medio construir y allí reparten la comida. Son como una gran familia. Son como lobos que viven en el bosque en estado salvaje, cazando y viviendo a campo traviesa, a lo que van atrapando. Van con los peligros que pasan subsistiendo en ese estado de indigencia y salvajismo sin control de nadie; ni de la sociedad, que parece ser su enemiga.


Acordaron ir a visitar a su amigo, al que dejaron en las afueras del hospital. Encomendaron al más pequeño de todos indagar el paradero de su compañero de aventuras. Lo acicalaron y le enseñaron como hacer y con quién hablar para poder conseguir la razón de su amigo, que tardaba más de lo necesario en regresar donde ellos. En otras ocasiones esperaban un par de días, e inmediatamente lo veían regresar lleno de sonrisas, porque solamente las sonrisas estaban en sus ojos cuando permanecían juntos y lograban andar libremente como un solo hombre por la ciudad, que los divisa como aparte, con otros ojos, como en una película que se ve y luego se olvida, que se observa desde lejos y no se logra tocar, ni logra hacer mella en los corazones. Como a través de un cristal que sirve como escudo y que no puede ser salpicado.
Esta vez caminaban cabizbajos por la ciudad; había una fina lluvia y ellos andaban entre ella, que les lavaba el rostro y ocultaba sus penas, enjuagándoles las lágrimas que les salían a torrentes, pero que se confundían con ella. Su amigo había fallecido.
Al entrar al hospital había sido inmediatamente auscultado y llevado a cirugía. No aguantó la operación, dada su mala alimentación y los golpes recibidos. Parece que tenía algo dentro reventado, como todos ellos, los que viven en las calles, que tienen reventada muy dentro el alma .


Un grito, los saco de su estupor. -¡Viene la policía corramos!-. Inmediatamente, como uno solo, todos corrieron, desperdigándose, huyendo del sitio, para encontrarse en su lugar de costumbre e ir luego a ocultarse de nuevo a su recóndito escondite, allá en la oscura e húmeda cueva cerca del río.
Faltaron dos del grupo. Esperaron y esperaron, por tres largos y grises días, y nada que aparecían.
Querían por lo menos salir de su angustia, querían conocer el paradero de los dos compañeros. Claro que sabían o se imaginaban que estaban detenidos, y esto los asustaba aún más. Sabían de antemano que muchos de los que desaparecían eran a veces encontrados muertos en algún callejón. Sabían que estaban en peligro, así que decidieron ir donde doña Inés, a que fuera a la policía a averiguar el paradero de sus dos amigos.


Doña Inés era una médico psicólogo, que trabajaba a tiempo completo en ayudar a la niñez abandonada. Era fundadora de una ONG que hacía vida comunitaria en barrios de algunas ciudades del país. Recogían a los muchachos, haciéndolos regresar a sus hogares o salvándolos de los vicios y malas costumbres, llegando a regenerarlos. Dándole a los muchachos albergue, alimentos, vestidos, cursos de superación y charlas.
Doña Inés era muy querida por los muchachos de la calle y gozaba de una buena reputación entre ellos.


También hay otras organizaciones, como la iglesia, tanto la católica, como la evangélica, que trabajan con las uñas y las manos vacías, sin presupuesto ni ayuda externa, siendo los sacerdotes y ministros los que socorren a los muchachos tratando de sacarlos del atolladero en que se encuentran. No logran salvar a todos, pero sí a algunos de ellos. Muchas veces la droga ha entrado muy dentro de su alma y de su cuerpo, con tal fuerza que es muy difícil recuperar al niño.


Los muchachos se dirigieron a donde Doña Inés, a que indagara sobre el paradero de sus amigos...


__Te andábamos buscando a ti y tu grupo, porque en el hospital se murió uno de ustedes, todo reventado. Y como ustedes fueron los que lo llevaron a la puerta del mismo y salieron en veloz carrera… así que sabemos, que alguno de ustedes, o tú mismo, fueron los que lo golpearon. Ahora habla y nos comentas los hechos. -De esta manera les hablaban los policías a los dos amigos que estaban detenidos en el retén por averiguaciones.
Les hacían preguntas y los acosaban, tres días tenían detenidos. Los agarraron en un callejón donde el más pequeño se metió asustado y el amigo decidió seguirlo para ayudarlo.
Él era uno de los líderes del grupo y quería a sus amigos. Cosa extraña en este caso, los mayores cuidaban a los menores casi fraternalmente. Eran como una jauría de lobos donde el lobo mayor cuidaba de los cachorros. Fue lo último que hizo, y lo apresaron.
-Ya que tú eres unos de los líderes del grupo, debes saber que cosa pasó. -Lo seguían acosando. -Y éste es otro de tu mariquitas -le decían, sonriendo con picardía.
-Él no es ningún mariquita; entre mis amigos y yo, no existe ningún marica.
-Pues a mí me parece que sí, eso de andar por todas partes con menores y ese celo al cuidarlos me parece sospechoso. -Era parte de la tortura psicológica, para tratar de ablandarlos y que cantaran.
-Ya estás cerca de los dieciocho, estas listo para la recluta.
-Dejen en paz a esos muchachos, ya tienen tres días aquí y deben salir, así que suéltenlos. ¿Ven que no saben nada? -Quien hablaba era el comisario Bastardo.
Julio Bastardo, en su tiempo libre, ayudaba a los muchachos tratando de regenerarlos. Los llevaba a un estudio donde les enseñaba defensa personal, les hacía practicar Karate y deportes, les daba charlas y cultura en general, trataba por todos los medios de alejarlos de las drogas y de sacar adelante a algunos, sabiendo que a veces era un gesto imposible, porque habían muchos que ya no eran recuperables, eran una cuenta regresiva para la sociedad, no tenían remedio. Eran irreversibles.
Al cuarto día los soltaron muy temprano, al más pequeño lo enviaron a un retén de menores. Allí interactuará con otro grupo de menores que como él viven o han vivido en extremas condiciones. Van a un retén donde muchas veces la concupiscencia de los directores hacen que lo que nació para favorecer a los muchachos sea todo lo contrario, porque el trabajo es destruido por la desidia y el desinterés. Dejando que los muchachos vivan entre ellos sin control ni cuido existiendo un peligro para los más menores por la precocidad y las malas mañas de los más grandes. Algunos muchachos, a veces, salen más rebeldes de lo que entran y con mucho más conocimientos.


A veces la medicina es peor que la enfermedad.


Pero siempre hay excepciones, ya que todos los organismos oficiales que se encargan de menores, no son iguales
Se juntaron cerca del puente; la alegría que manifestaron, el abrazo, las palabras, todo fue en ese día felicidad para ellos, se veía en sus rostro -cosa difícil- la alegría. Para ellos ese día iba a ser de fiesta y libertad.
Ir al parque, a la fuente y bañarse en ella, lanzarse al agua desde los brazos de Hércules, hacia el centro, donde los chorros se alzan lavándoles los rostros de piedra. Bañarse entre las estatuas de las diosas que posan desnudas con sus senos al aire mostrando belleza y candor.
Otros se dedicaron a otra clase de juegos, juegos de niños, porque en ellos también existe el candor infantil; otros a vagar entre la gente, y otros a ver vitrinas que muestran artículos que nunca podrán comprar.
Los más pícaros piden limosna para comprar dulces y confites.
Otros hurgan en los pipotes a ver que sorpresa encontrar. Desecho de basura donde la gente bota a veces alimentos y éstos lo recogen para llevarse un pan a la boca.
Otra noche más, esta vez estrellada, con un titilar azul, de noche clara
Siempre apretujados unos con los otros dándose calor, oyendo el murmullo de las aguas, el sonido de la brisa que hace hablar a las ramas de los árboles, a los grillos y sapos que no descansan de cantar una partitura infinita.


El sol de las diez calienta los periódicos que cobijan a los menores, los que se estiran y contonean desperezándose. Los mayores hace rato que salieron; un día más de calle, de sabor a hiel, de tratar de sacar el pan de donde no lo hay para una cruda subsistencia.
Alguno de ellos no llegará a los dieciocho, se quedará en el camino, tirado en la vía, acuchillado, asesinado cruelmente, muerto por alguien que se defiende de ser agredido, alguien que lo arremete por miedo, por un ajuste de cuentas, por una riña insignificante, para robarle un pan o quitarle una droga, un objeto de valor que haya conseguido y guarde como un tesoro, o por una sobredosis, que le engaña la mente y el estómago haciéndolo sentir mejor. Por enfrentamiento a las autoridades, cuando estos ya sin remedio, tornan a delinquir.


.........Una espiral enorme, estoy en el centro de ella, es un gran huracán que arranca árboles y arrastra a su paso animales y automóviles y personas. Ahora veo sangre, mucha sangre, veo muerte, varios hombres guardan en un cofre de automóvil a un hombre robusto, alto, gordo. Sin un quejido este hombre fue golpeado y apuñalado en un sitio oscuro. Es la noche que viene por la esquina de la gran avenida; acá en el callejón todo es basura, pipotes, cestos, colchones viejos, cartones, maderas, cajas. Una cueva, un depósito viejo.


Despierto de nuevo de este sueño tormentoso, es como una gran pesadilla. Estoy todo mojado, lleno de sudor, tengo una actitud cerval, ando con miedo, mucho miedo. Tengo mucho temor.
“Ya van seis personas fallecidas. ¿Qué pasa, detective?. Te vas a retirar con deshonor, tu trabajo deja mucho que desear, creo que ya estas viejo para estos menesteres, este oficio ya no es para ti, creemos que no ves más allá de tu nariz”. Pensaba Julián en la forma en que le hablaron sus jefes, amigos de toda la vida. Sabía las presiones que en ellos había y no sentía ni rabia ni rencor por sus palabras. Todo lo contrario, sentía una gran rabia interior hacia sí mismo, no lograba entender el porqué de todas estas innecesarias muertes. La de su amiga lo había afectado mucho. Ella era muy joven, para morir de esta manera. Pero así es este trabajo. Reflexionaba Julián tomándose unas cervezas en un bar.


Seguía al hombre que vagaba por las calles silenciosamente como él.
Seguía al hombre que andaba como un errante vagabundo, sin parada y sin fin.
Recogía latas, se metía en los cestos de basura hurgándolos, o tratando de encontrar objetos de supuesto valor para comer. Comía basura y bebía agua en donde la encontraba, andaba caminado sin rumbo fijo, mirando hacia el piso; estaba pálido, flaco, sucio, su barba hirsuta y canosa, y en su pelo brillaban las canas bajo el sol de la tarde.
Caminaba cerca de un liceo, miraba a las niñas, con ojos transidos, su semblante permanecía tranquilo, parecía sonreír.


Se retira vacilante mira hacia atrás, parece querer saludar.
Anda por la ciudad, entre las personas que se apartan de su lado, la gente se espanta como si fuese un enfermo contagioso, a algunos les da miedo, a otros asco. Su olor también ayuda a espantar. Parece que ve los escaparates y hace muecas con la cabeza. Será por los precios que ve en las vitrinas.
Ora camina y vaga, ora vaga y camina, anda sin cesar. Se va a dormir al establecimiento municipal.
Lo dejo de seguir por hoy, mañana temprano lo seguiré de nuevo, sé que hay conexión entre esta persona y el caso. Hablo con el encargado del establecimiento municipal y le indico que me llame o que me informe de algún movimiento este señor. Que lo mantenga vigilado hasta que llegue.


Sueño que estoy durmiendo debajo de un puente, y el río que pasa por un lado empieza a crecer y a inundar todo., Hay personas que viven allí y la crecida empieza a arrastrar a todas sus pertenencias y a todos. El agua nos llega a la cintura y sube y sube, entonces empezamos a fallecer ahogados


Qué es este sueño, me pregunto, estoy sin beber y sin usar la piedra, solo descanso en este sitio y casi no puedo dormir porque al hacerlo me lleno de pesadillas, siempre la muerte acechándome como un animal, cazándome como un tigre que sigue a su presa en silencio y poco a poco, acercándose hasta dar su primer zarpazo y al fin conseguir rendirla para atraparla y devorarla.


Solo descanso acá, me dan comida, baño, el hospedaje es gratuito, tienen sus reglas, no es tan fácil, algunos de los vigilantes molestan, algunas noches no nos dejan dormir con su música a todo volumen, salen, se emborrachan con prostitutas y a veces se las traen a pasar la noche, entonces esto se transforma en un burdel.
En mis sueños, me veo en la morgue acompañando a los otros fallecidos, estoy acostado junto a ellos. Todos en un solo mesón grande y frío, todo pálidos, y me observan con sus cuencas vacías de rostros destrozados...


Paso frente al callejón dónde vivía, el portero del bar no me ha reconocido, tengo un deseo enorme de entrar a ver mi cueva, mi albergue durante varios meses. Pero un miedo impulsivo me hace retroceder y salir de allí disparado.
Logro recordar algo, un hombre fue golpeado y apuñalado, sí, por otro; eran dos, y luego lo meten en el cofre de un automóvil. Sí, eso fue, ahora lo recuerdo muy bien, lo tengo muy claro, después de partir el carro logré huir, los asesinos entran al bar por la puerta de servicio. la que está frente a la entrada de mi cueva.


Yo salí de allí tambaleante, tan rápidamente como pude, para no volver más.
Después del último mendigo muerto en tan extrañas circunstancias, extremaron las precauciones, se anunciaron toques de queda y en algunos parques y calles no se permitía que ciudadanos se quedasen hasta entrada la noche y menos que durmieran en las calles. Los indigentes que hallaban eran recogidos y llevados a sitios previamente a establecidos, aún con todo y sus airados reclamos.


El mar ondulaba sus ondas al viento y era mecido por ellas, el cielo azul era de un azul muy intenso, sin nubes, el sol lastimaba mis ojos y sentía su calor en la piel, la espuma blanca como motas de jabón me rodeaba y un pez enorme me tomaba entre sus fauces y me arrastraba en un haz de abundante espuma.


Logro despertar y un par de brazos me sujetan, me aprietan con fuerza. Hago un esfuerzo para sacudirme, pero es en vano, no tengo fuerzas, mi oponente es muy fuerte, es como un abrazo de oso, o mejor, como estar aprisionado entre los tentáculos de un enorme pulpo que te sujeta con fuerza descomunal; trato de gritar, pero de mi boca no sale sonido alguno, me invade el terror.


Me introducen en el maletero de un automóvil.
En su interior todo es muy oscuro, oigo música y voces que hablan palabras que no logro distinguir, es como si hablaran en un idioma diferente.
Haces de luz rojiza se cuelan por instantes en cada frenada.
No sé adónde me llevan, no sé que querrán, pero en mi fuero interior, sé que son ellos los que me buscan, lograron encontrarme, sé que son los que han cometido todos esos crímenes; ahora me toca a mí.


En un terreno baldío muy alejado de la ciudad, me sacan del automóvil. Me hablan y preguntan sobre lo visto por mí en el callejón, sobre la muerte del banquero. No logro contestar, solo muevo la cabeza de un lado a otro, la maldita droga y el alcohol no me dejan pensar, no me dejan reaccionar, no se si esto es sueño o realidad, me pregunto si todo esto es mentira, quiero gritar pero nada, soy un hombre mudo, mis labios no logran emitir ningún sonido. Río, río intensamente como loco, caigo de rodillas y sigo riendo y casi a punto de sollozar, preparándome para una muerte segura
Me golpean, me patean un poco. Luego, una piedra enorme se blande sobre mi cabeza, me la van a aplastar.


Escucho detonaciones, son unos disparos que vienen del bosque, el hombre de la roca se desploma con ella, como si la piedra lo arrastrase con su peso, de su pecho brota sangre, veo su rostro que convulsiona y se apaga.
Aparecen varios hombres como por arte de magia, no sé de donde salieron. Armados con armas cortas y largas, logran atrapar al otro asesino, que intentaba huir.
Ahora lo veo esposado dentro de un automóvil policial...

Julián seguía al indigente, que se había quedado dormido en el parque viendo a las palomas. Lo veía amodorrado y sin brillo en los ojos. Andaba muy rápido, parecía que sabía que lo seguían; vio que en una esquina casi se puso a gritar, pero el miedo lo puede todo. Se calló, buscó una lata y se ocultó un tiempo en la maleza, buscando soledad y paz. Dormitaba cuando observó que un par de hombres lo zarandeaban y se lo llevaban metiéndolo en un automóvil.
Rápidamente, él los siguió.

 

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